Había que empezar por Morante
No podía ser de otra manera. La temporada de 2025 comenzó, se vertebró y acabó con un protagonista principal. Su nombre ya está en letras de oro en la Historia de la Tauromaquia y puebla de manera muy especial la memoria del aficionado reciente, desde el jovencísimo recién llegado hasta el de solera que lleva en su cabeza setenta años de tauromaquia. Morante de la Puebla es, a la sazón, el cogollo mismo del toreo actual. No sabría yo decir que a la altura del José Tomás de hace una década, pero ahí andará la comparación.
Los intensos momentos vividos el pasado 12 de octubre, cuando el diestro sevillano se dirigió hacia el centro del ruedo venteño tras desorejar en una faena tan épica como mágica al cuarto astado para proceder a arrancarse el añadido y, de esta manera tan simbólicamente taurina, dar por finalizada su brillante carrera, dieron paso al lógico torrente de halagos y elevación a los altares de quien ha sostenido la llama viva del toreo en las últimas temporadas. Poco hay que añadir o poner en duda sobre las cotas alcanzadas por tan personalísimo espada. Hasta hubo quien se atrevió a soltar a los corrillos la teoría de que poco menos que la entrega desmesurada de Morante respondía a una supuesta intención del torero de trascender mucho más allá. Algo que, conocidos sus problemas de salud mental, resultaba tan creíble como de mal gusto. A Morante se le vio sufrir aquella tarde del Pilar. Era un hombre roto, un artista desmadejado. En su llanto se intuía más la imposibilidad del que quiere y desea algo mezclada con la desesperación de saber los problemas que todo ello le acarrea. El sufrimiento físico es superable para los toreros; el interior, el de los silencios negros que atormentan el alma y la mente, es mucho más complejo y abrasivo.
Los meses de invierno parece que han hecho reflexionar a José Antonio Morante y esta misma semana hemos sabido de boca de Zabala de la Serna que el de la Puebla volverá a enfundarse el traje de luces, nada menos que en su Sevilla, primero por el Domingo de Resurrección, y luego algunas tardes más. En otros toreros podría sonar a jugada de mal gusto. Recuerdo cuando nuestro Luis Francisco Esplá anunció su última temporada en activo. No me cuadraba nada con su independencia siempre cacareada. Esa manera de "pasar la gorra" desentonaba con su carrera de honradez e independencia. Siempre pensé que un día se iría en silencio y lo diría a posteriori, con similar cadencia y decencia a la que mostró Curro Romero aquella noche en que, desde su soledad más desgarradora, anunció en un programa de radio que ya no iba a torear más. Pero el caso de Morante es diferente por todo lo que sabemos de sus simas emocionales y mentales. Y seguro que habrá quien argumente que si el dinero, que si esto o aquello otro... No comparto nada con Morante fuera del ruedo. Estamos a años luz en casi todo. Pero el 12 de octubre el hombre y el torero lloraban un sufrimiento desgarrado que no tiene nada que ver con números ni billetes, o al menos eso creo a pie juntillas. El torero es el único que puede salvar al hombre, y asumir ciertas realidades no debe ser fácil para alguien con tantos agujeros negros.
Sea como sea, Morante vuelve a torear, y para los aficionados y la fiesta en general es una gran noticia, sin duda. Ojalá los duendes oscuros vuelvan a encarnarse en sus muñecas. Ojalá las golondrinas que revoloteaban cuando toreaba El Gallo, que volvieron a la plaza después con Rafael de Paula, retornen de nuevo para alborotar la magia de las telas del torero sevillano. Seremos testigos de lujo.

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